La rebelión de los fanzineros

Leo en FTW un post muy interesante sobre el Comiket, los  fanzines y el escaso trato de favor que recibimos por estas tierras los  autores amateur. De vez en cuando toca escribir un artículo  incendiario para reavivar las llamas del cómic, e imbuirnos a todos de  un espíritu Bakuman  de autosuperación y esfuerzo contra las adversidades. Lo  defiendo: lo necesitamos. Ser fanzinero significa comer mierda, comer  mierda hasta decir basta. Pero devoramos esas cacas con fruición si la  recompensa es la sonrisa de un lector. O humillar al lector. Lo dicho,  NECESITAMOS ESE  ESPÍRITU.


Los  fanzineros se respaldan unos a otros con sus publicaciones. En el  fondo, los colectivos de fanzines se mantienen unidos en su  animadversión contra los organizadores de eventos, a los que consideran  una amenaza contra su supervivencia cuando, en esencia, son las manos  que les dan de comer. Sin  eventos, no hay donettes. Este es el status quo: no es que  haya que aceptarlo sin remisión, pero hay que convivir con ello si no te  quieres quedar en la estacada.


Hay un  elemento clave en el que se bifurca el camino de los fanzineros, donde  encontramos su división más abrupta: aquellos que tienen una pretensión profesional, y  los que lo hacen por  diversión. Todavía habría un tercer grupo: los novatos que comienzan y no tienen muy claro si quieren convertir esto es algo más, o lo van a  dejar como un hobby, igual que los que se cosplayan o los que cantan en  el karaoke. No hace falta querer ser cantante profesional o  modista/modelo para participar en un Salón del Manga. Con la excepción  de algunos cosplayers muy entregados a la causa, hacer un fanzine y  mantenerlo es más caro que el resto de aficiones. Pero probablemente ser  socio del Barça y acudir todo el año a los encuentros de Liga sea más  caro que hacer un fanzine, o comprar una consola, dos mandos y quince  juegos al año, así que como entretenimiento entraría dentro de lo  socialmente aceptable.


Un cosplay de Wargreymon o  una tirada de mil fanzines: la misma (buena) inversión. 

Es en la etapa de formación  del fanzinero en la que se determina qué círculos va a frecuentar. Están los fanzineros que coinciden con otros y se  mezclan, interactúan, colaboran y llevan a cabo proyectos comunes (SPAM SPAM LOVELY SPAM) y, por otro lado, están los  dibujantes que consiguen como primer contacto el de artistas  profesionales o semiprofesionales y ellos son su camino a seguir (un  modelo que DeviantArt  ha favorecido en gran medida), por lo que se relacionan mayoritariamente con  autores ya ubicados y no con otros  fanzineros de su misma edad/estilo/género/tendencias. Habitualmente, los  unos no tienen en cuenta los proyectos de los otros y no se relacionan,  aunque se vean las caras en los mismos eventos. Estos últimos en  concreto tampoco protestan contra los eventos ni por el mundillo. Tienen otro modo de ver las cosas, y la mayoría de los que consigan trabajo no  habrán pisado un evento como fanzineros. Y es que hoy por hoy, para que te den trabajo en  Glènat, esto de ser fanzinero no es ningún punto a favor: con los fanzines puedes formarte como guionista/dibujante y aprender como funciona el mundillo, pero no se consigue trabajo antes por ser fanzinero.

Y aquí viene la tesis: los nuevos creadores que no encuentran canales de comunicación hábiles con otros autores de fanzines no se unen al grueso de las Fuerzas Fanzineras, indispensables para: uno, crear  trabajos en común y ejercer una mayor presión en el mercado; y dos, alimentarse mutuamente el ego, algo in-dis-pen-sa-ble en la línea de pensamiento del todo va mal (los eventos van mal, el país va mal, el mundo y el mundillo van mal) pero que todavía nos brinda un destello de felicidad porque somos gilipollas y  engreídos. Es el camino que elegimos como autores.

En realidad, los fanzineros sí que trabajan colectivamente. Durante años, Fondo Perdido fue el mayor listado de fanzines en España, una guía de publicaciones que no permitía promocionar demasiado el trabajo de  cada uno, pero que catalogaba las autoediciones y las enmarcaba en cada  contexto. Durante más de diez años, Epicentro funcionó como faneditorial, agrupando diferentes colectivos de fanzines que publicaban bajo el mismo sello para conseguir mejores precios en imprenta, stands más baratos y  presencia en los medios. Los supervivientes de Epicentro y unos cuantos más seguimos estando ahí, ahora reunidos bajo el discreto sello de La Rusa del Gato, que da más  relevancia a los colectivos que al sello: somos Ruleta Rusa, Andergraün, El  Cuaderno de TeslaStudio  WarghFLAsCinDER, nosotros mismos,,, en realidad, el sello es  solo el nombre del stand, la excusa para estar todos juntos. Compartimos  autores, ideas y eventos. Nos intercambiamos fanzines para  distribuirlos mejor geográficamente, llevando el producto a  localizaciones a los que los demás no pueden llegar. Encontramos  imprentas, nuevos autores, más merchandising. Ese modelo funciona. Nos funciona. Hasta el punto de hacer fanzines por dedicación. Lo que aquí han querido llamar autoeditores, pero habiendo pasado por el estado anterior, comiendo cacotas con los fanzines. Con esto solo quiero decir  que las claves para que todo funcione están ahí, pero hay que descubrirlas. Y aquí nadie suelta prenda.


Desde mi punto de vista, el futuro de este modo de trabajo pasa por:

  • Una mayor distribución geográfica, creando redes de intercambio de fanzines en toda España (sería el caso de un colectivo que, en lugar de vender un solo fanzine -el suyo-,  vendiera también el de otros tres colectivos: de este modo hay más colectivos que también venden tu fanzine fuera de tu área geográfica  habitual).

  • Una mayor presencia en Internet, quizá con la creación de portales especializados, o con la colaboración de fanzineros  en webs dedicadas al cómic que hablen de esta temática y publiciten los fanzines. Cuando se acercan los Salones del Manga, son habituales los artículos sobre qué compraría cada  redactor con un presupuesto de cincuenta euros. Habitualmente  destinan los últimos euros a comprar chucherías dentro del salón a  precios exhorbitantes: pocas veces aconsejan comprar algún fanzine.

  • Fomentar el valor de los fanzineros como autores. El único autoeditor en España que recibe un  trato en eventos como autor es Jesulink, invitado en algunos de ellos. El volumen de fans que mueve es muy grande, pero hay más autores de  fanzines que también cuentan con grupos de fans y lectores habituales, probablemente tantos como algunos autores que publican en líneas  editoriales de manga  español.

  • Promover los premios a fanzines, y el  reconocimiento de sus autores. Atropellos como que Expomanga no cuente con un premio al Mejor  Fanzine (pero sí con un premio al Personaje del Mundillo) o que Jesulink gane simultáneamente el premio a Mejor  Fanzine y Mejor Manga Español (¿en qué quedamos? ¿Se es  fanzinero, o se es profesional?) le restan valor a los fanzines y echan  por la borda oportunidades para que autores incipientes consigan un  empujón en su carrera profesional. 

El paso es que los fanzines y  prozines (o como cojones quieran llamarse) tengan (tengamos) más  presencia: que ya trabajamos juntos está claro, y que algunos tenemos  dedicación completa, también. Falta que se vea desde fuera. El problema es que el  mismo ego que nos da fuerzas nos impide ver con buenos ojos las  propuestas de los demás. ¿Que somos gilipollas? Claro que sí: es el  camino que elegimos como autores.